sábado, 7 de abril de 2012

LA ESTAFA DE UNA TITULACIÓN UNIVERSITARIA PRECARIA

FREDERICK COOPER
Constituye un asunto que desde hace años y con frecuencia es advertido por la prensa.
El clima de optimismo que ha suscitado en el Perú la prosperidad acarreada por las altas tasas de crecimiento económico alcanzadas los últimos años ha nublado otros aspectos menos exitosos de nuestra realidad social. La educación universitaria constituye uno de los ámbitos donde la contradicción entre la prosperidad y el atraso se aprecia notoriamente.
Siendo probablemente la actividad determinante para alcanzar el sostenimiento –o el incremento– de nuestro creciente desarrollo, a vista y paciencia del Estado han proliferado los últimos años unas empresas mal llamadas universidades, entidades privadas que lucran impunemente con la ilusión de una ciudadanía que, habiendo logrado  emanciparse de una pobreza cifrada esencialmente en la escasez, identifica a la falta de educación como una de las causas primordiales de la ignorancia y la marginación, buscando por ello sacrificadamente brindar a su descendencia una sólida base educativa.
 Esta laudable expectativa ha suscitado el florecimiento de una oferta universitaria espuria,  que ofrece engañosamente aquella educación superior a través de la cual miles de desprevenidos aspirantes aspiran vacunarse contra el flagelo de la marginalidad o la exclusión.
 Independientemente del evidente interés meramente comercial, falazmente regionalista, o demagógicamente político, que causa la proliferación de universidades claramente incompetentes, el sentido fraudulento de sus operaciones puede constatarse fácilmente asistiendo a sus locales. La experiencia de conocer in situ el funcionamiento de las universidades que en Lima y en provincias explotan irresponsablemente una necesidad social tan esencial no deja duda respecto a la clamorosa mediocridad de la educación que brindan.
 Este flagrante abuso opera sin embargo impunemente. Contando con la complicidad indolente del Estado no sólo proliferan universidades a las que se les permite oficialmente operar y otorgar títulos a nombre de la Nación sin contar con una mínima solvencia académica, sino funcionar sin un debido control respecto a la calidad de la educación que dispensan y, por consiguiente, de la validez de sus titulaciones. Como consecuencia de ello, la gran mayoría de ellas brindan una formación ostensiblemente reñida con los niveles mínimos de la educación universitaria global, totalmente ajena a la que compete dispensar a un país que aspira a traducir su incipiente crecimiento económico en un desarrollo social integral y sostenido.
 No es esta, por cierto, una comprobación desconocida. Constituye un asunto que desde hace años y con frecuencia es advertido por la prensa. Sin embargo esa recurrencia no ha calado en forma alguna en la administración pública ni en las instituciones gremiales o institucionales supuestamente llamadas a tutelar la idoneidad de nuestra educación universitaria. No hay ninguna razón aparente para que el Ministerio de Educación, la Asamblea Nacional de Rectores o los Colegios Profesionales que deben incorporar a titulados tan mediocres, se mantengan indiferentes ante la abrumadora evidencia de que en el Perú se vienen otorgando títulos universitarios a estudiantes que han seguido carreras bajo condiciones educativas marcadamente deficientes. Otorgar un título universitario de escaso o nulo valor profesional a jóvenes ilusionados con la posibilidad de que un grado universitario garantice un rango profesional que no sólo les asegure madurez intelectual, sino les abra el acceso a oportunidades de trabajo de mayor calibre,  supone una estafa que viene siendo increíblemente avalada por el Estado, con el consiguiente grave perjuicio para una ciudadanía confiada en el respaldo que el Gobierno dispensa a quienes titulan en nombre de la Nación. Esta permisividad no sólo socava las posibilidades de que a través del crecimiento económico podamos los peruanos acceder finalmente a un desarrollo integral y compartido. Nos sitúa como país y como ciudadanos a la zaga de la prosperidad global, un retraso que no podrá ser compensado tan solo por el insuficiente –aunque laudable– logro de un crecimiento económico que no nos llevará a la prosperidad si no está sustentado en una educación exigente y rigurosa.

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