viernes, 26 de octubre de 2012

Hipotenusa de un perdón



Escribe la periodista Claudia Cisneros, nieta, hija, sobrina, prima y amiga de muchos militares con honor y dignidad.
 El fujimorismo está desaforado, desesperado. Y no porque su líder esté mal de salud, como bien demuestra la infame foto desde su cama. Sus esbirros botan espuma por la boca. La realidad les ha pegado. Sus métodos tramposos ya no son vinculantes. Tienen aún una corte en el Poder Judicial y en algunos medios que los secundan, pero el pueblo no se traga la yuca otra vez. Pese a que hayan querido abrumarlo con medias verdades, penosas fotografías para generar ficticia lástima y con terminología médica confusa para hacerle creer que Fujimori está al borde del colapso.
 Fujimori tiene achaques de la edad, como podrían tener mis padres si el cáncer no los hubiera matado, a ellos sí, de verdad.
¿Cómo no sentirse asqueado de ver cuán capaces siguen siendo de mentir, ocultar, tergiversar, manipular y embarrar a quienes dicen la verdad?
 No hay mayor contradicción que el perdón calculado, que las disculpas maquilladas, matizadas en una paleta de color. Ni mayor cinismo e hipocresía que decir que se quiere pedir perdón pero que no se tiene la culpa. Cómo no pensar en los videos presentados antes para impactar mediáticamente cuando Fujimori entró al INEN o cuando envió su “mensaje de lucha”. Pero cuando se trata de asumir sus responsabilidades y condena, de sentir conmiseración por aquellos a quienes sus acciones y directivas afectaron, mataron, desaparecieron, dejaron huérfanos, Fujimori pierde el habla. ¿Cómo creer que está realmente arrepentido?
 ¿Cómo creer en un partido y un líder cuya biografía es un recuento de mentiras? Alberto Fujimori, el que dijo que se intoxicó con bacalao para no presentar su plan de gobierno, el que dijo no-shock e hizo shock, el que se decía demócrata y se hizo autogolpe copando todos los poderes del Estado, el que no soportó la integridad de la primera dama cuando denunció que sus cuñados robaban la ropa donada de los pobres, y a quien luego sometió a tratos innombrables hasta defenestrarla del cargo, el que se jactaba de ser Comandante de las FFAA y luego dijo desconocer los crímenes de lesa humanidad del grupo paramilitar que su gobierno auspició y financió, y a quienes él mismo amnistió tras las matanzas a estudiantes, inocentes y niños.
 Cómo creerle al que usando su cargo allanó con fiscal falso la casa de su socio Montesinos buscando pruebas, a quien en plena crisis subió al avión presidencial diciendo que iba a la Cumbre Apec cuando en verdad se estaba fugando, corriéndose de la justicia, abandonando a su agrupación, y que tuvo el deshonor de renunciar por fax.
 Ese que cuando un grupo de militares valientes quisieron ponerlo en su lugar, se escondió asustado en la embajada japonesa, que se decía peruano nacido en 28 y terminó postulando al Senado japonés desde su escondite, el que fue capturado en Chile por la Interpol y traído de grado o fuerza para responder a la justicia, el que prefirió callar cuando las preguntas del juicio lo desnudaban y en vez de aclarar su cacareada inocencia decía una y otra vez: no me acuerdo, el que se deja fotografiar en prendas interiores, el que por años ha sido incapaz de pedir perdón cara a cara por la sangre, muertos, desaparecidos, y la podredumbre moral, gubernamental e institucional, y que ahora que tiene un objetivo para sí, envía un oportunista, lacónico y miserable perdón a través de un cuadro. Qué manera de burlarse del dolor de los caídos, los muertos y desaparecidos.
 Ese Alberto Fujimori Fujimori, hoy libre de enfermedad, sin cáncer en las últimas tres operaciones y cuyas biopsias del supuesto cáncer deben ser analizadas con una prueba de ADN para confirmar que le pertenecen, ese Alberto Fujimori no tiene palabra y menos perdón, mientras se siga burlando de todos.

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