viernes, 5 de abril de 2013

5 DE ABRIL DE 1992, PROHIBIDO OLVIDAR


“No memorices lecciones de Dictaduras ni encierros, la patria no la definen los que suprimen a un pueblo” Ruben Blades, Patria
Fujimori había llegado a ser presidente con el discurso que el no haría el programa económico que Vargas Llosa pregonaba a voz en cuello. Luego  de ganar las elecciones, se fue de viaje para EEUU y regreso tan  neoliberal y violento que nadie en los cuarteles y en la extrema derecha extraño al literato.
Y aunque en las entonces Cámaras de Diputados y Senadores el chino no tenía mayorías, se le dieron  poderes excepcionales para que propusiera lo que le viniera en gana en el tema que mejor quisiera. Ni así bajo la guardia. El golpe se cocinaba y había que decir que todo estaba podrido y que si el país no avanzaba y el terrorismo ganaba era por culpa de la vieja clase política.
La matazón de la guerra interna generaba que un sector muy limeño, que recién sentía sus efectos, quisiera que esta terminara por las  malas y las peores. Y en este sentir se apoyo Fujimori.
El 5 de abril de 1992 llego y la famosa palabra “Disolver” era el epitafio en  la lapida de  esa democracia recuperada 12 años atrás que nunca supo salir de la sala de emergencias.
Llegaba otra dictadura, con un civil como novedad. Llegaban los tanques y soldados a las Cámaras, al Poder Judicial, al Colegio de abogados y llegaban más rápido a los medios de comunicación. Secuestraban desde periodistas incómodos, hasta empresarios que no se pusieron a su servicio.
Era el cheque en blanco que lo más siniestro de las FFAA y Policiales y de la politiquería abyecta a los mandatos del FMI necesitaban para matar a todo aquello que oliera a resistencia del nuevo mundo que estaba naciendo. El neoliberalismo no necesitaba ni sindicalistas peleones, ni estudiantes organizados, ni campesinos que no se dejaran quitar la tierra. No necesitaba de  alcaldes o congresistas de izquierda.
Necesitaban, como en Chile o Argentina, soldados que dispararan y desaparecieran a todo el que se interpusiera entre ellos y sus negocios. Y así, los Colinas y sus derivados se convirtieron en los súper héroes de  Marta Chávez, la Cuculiza y la Moyano.
Los medios de comunicación, que al principio decían al aire que los soldados les apuntaban y no les dejaban pasar las imágenes del golpe, luego comenzaron a gustar de la mordaza. Le llamaron “libertad de empresa” a vender o alquilar su línea editorial. Se convirtieron así, en el aliado que callaba lo que le venía mal al régimen y agrandaba lo que pudieran estar haciendo bien. Fujimori era el emperador y el periodismo la prostituta que lo hacía delirar cumpliéndole sus deseos.
Con la Dictadura entendimos que Fujimori quería que le agradezcamos que habían menos apagones, pero  que no le reclamásemos que había entregado por las malas la empresa de Luz a los chilenos que nos cobraban como si algo les hubiéramos hecho.
Entendimos que su manera de “privatizar” era una forma nueva y elegante para vender lo que no es tuyo y además con coima incluida, sin importar si era una empresa pública que se entregaría a algún voraz extranjero que nos exprimiría como  Telefónica o un  territorio andino o amazónico para saqueo de recursos minerales y crímenes ecológicos como en Cajamarca.
Entendimos que se hacían colegios sobrevalorados por todos lados, aunque después se cayeran a pedazos por lo mal construidos. Que se hacían con piscinas en lugares sin servicio de agua potable y salas de computo donde no había luz.
Nos enteramos que los derechos humanos eran una cojudez, de la boca del Cardenal Cipriani, pastor de la Dictadura. También que habían estudiantes que se auto secuestraban. Y que en las polladas senderistas se ajustaban cuentas entre ellos. Que habían agentes de inteligencia disidentes que se auto torturaban.
Nos enteramos que ganamos la guerra contra Ecuador, aunque ellos terminaron teniendo más territorio y un santuario en Tiwinza. Y nos enteramos que sus patrióticas compras de armas para esta guerra eran inservibles para todo el país,  menos para sus bolsillos. Vimos a los altos mandos de las FFAA y Policiales arrodillarse ante un traidor a la patria como Montesinos.
Que robar era relativo. Si eras hermano del Dictador hasta la ropa donada podía salir de la lista de ese verbo pesado y aguafiestas. Que torturar era relativo también. Que hasta la esposa del Dictador podía sufrirla, si no se cuadraba ante el.
Entendimos que se puede luchar contra el terrorismo  y decir que con ellos no se negocia, pero siempre negociar. Ver a Guzmán dando mensajes antes de cada proceso electoral, canjeando el futuro de su gente por una canción de Sinatra, dormir con su mujer y pasear en tragamonedas de la av. la marina, me ahorra mayor explicación.
Nos enseñaron que las drogas eran muy malas y que había que quemar las zonas cocaleras, con campesinos incluidos. Y al mismo tiempo encontramos cocaína por doquier en el avión del Dictador, en los barcos de la Marina. Y vimos como un narco como “Vaticano” confirmaba que le pagaba a Montesinos puntual, hasta que este le quiso subir latarifa.
Entendimos que las elecciones son buenas cuando gana el Dictador, sino, que las televisoras pasen enlatados gringos hasta que los maniatados organismos electorales arreglen los resultados.
Entendimos que, si las riquezas que nos robaban las jugaban en la Bolsa de Valores, la dignidad de los pobres la desvalorizaban con bolsas de arroz y fideos.
Vimos como esa orgullosa y alzada nariz de la derecha que al principio ataco la dictadura, con el paso de los años se acomodo,  colaboro activamente con ella y hasta de reciclaje político les sirve actualmente.
Vimos también como esa vieja izquierda comenzó a taladrar la cabeza de los jóvenes con la palabra derrota. Derrota gritaban los que  dejaron de llamarse camaradas. Derrota gritaban los que se pasaron a la Tercera vía, que Toffler comenzaba a vender en los semáforos.
Alternativos, progresistas. Nunca más comunistas, socialistas. Cerraban locales partidarios. Abrían ongs. Ya no eran más militantes que analistas políticos. De ahora en adelante solo lo último. Ya no había que buscar la forma de hacer la revolución. Ahora solo acomodarse al estado y desde ahí, ver que se podía hacer.
Desde todos los rincones de la política, se dieron el lujo de  llamar a la generación de los 90s, la generación X, con todo el desprecio que eso significaba: sin ideología, sin organización, sin líderes a quienes seguir, etc.
Un día esta generación dijo basta. Y llamo Dictadura a la Dictadura. Y llamo crimen a lo de Cantuta y Barrios altos. Y llamo fraude a los resultados electorales. Y llamo narco a Montesinos. Y les dijo asesinos y corruptos a los militares que se prestaron para enriquecer al dictador con la guerra del Cenepa que dejo muertos y mutilados a jóvenes soldados. Y le dijeron a los policías que salían a reprimirlos que había dos caminos: o con el pueblo o con los asesinos.
Y dijeron que el modelo económico también tenía que irse junto a su régimen. Y esta generación salió a las calles todas las semanas a violentar al violento. Aguantando bombas, palos, rochabus, perros policías y policías perros. Pero tirando piedras, cerrando calles y levantando barricadas. Aguantando seguimientos, amenazas y titulares en los pasquines con editoriales de la salita del SIN.
Y la generación X, se sintió orgullosa de serlo. No le debían nada a nadie. Nadie les había prestado nada. Nadie creía en ellos siquiera. Y se estaban tumbando casi 11 años de un Dictador que creyó que su reinado no tenía fin.
Para ellos va mi homenaje hoy que recuerdo el comienzo de la dictadura más miserable que este país ha tenido que sufrir. A las miles de caras y puños, de las cuales solo he visto unas cuantas luego. A los compañeros que me alcanzaron un poco de agua o vinagre para aguantar las “vomitivas”. A la vecina que me escondió en su casa en la marcha de los 4 suyos. Al que aguanto el varazo que tenia de destino mi cabeza. A la compañera que se hizo pasar por mi novia cuando venían a detenernos. A los que iban a ver a los detenidos. Con los que nos amanecíamos lavando banderas, en épocas en que había que hacerlas a mano. A los que aprendieron, como yo, que pintar por las noches lemas contra la dictadura era un placer muy peligroso, pero que valía la pena si eso ayudaba al fin de la era Fujimori.
Hasta la Victoria Siempre
Guillermo Bermejo Rojas

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