sábado, 22 de febrero de 2014

¿TÚ CREES QUE SOY HUEVÓN?


Raúl Wiener
Era domingo por la mañana y faltaban apenas cuatro días para que Ollanta Humala pasara de la condición de presidente electo a la de en funciones, y hasta ese momento luego de un saludo distante con las manos en la fecha de la victoria (5 de junio) en que me gritó con una gran sonrisa ganamos, ganamos, mi trato que alguna vez fue cercano con el precandidato, se hizo nulo.
Fueron días de comisiones de transferencias y de nombres de ministros posibles, la mayor parte de ellos totalmente ilusorios. La vicepresidenta electa Marisol Espinoza, me llamó una noche al Congreso para pedirme opinión sobre la lista de ministros que tenía entre papeles y en dónde se ocultaba el titular de Economía.
Le dije que Paredes era una pésima elección porque su empresa fue procesada en el escándalo de la papilla con gorgojos en la época de Toledo y parecía de lo menos deseable para una cartera como la de Transportes, donde hay casi tanto dinero como corrupción, y dónde opera hasta hoy el club de los contratistas que amarra las licitaciones. Tomó nota, pero como se sabe no sirvió de nada. Creo que hice otros comentarios, pero comprendí al poco rato que lo que estaba haciendo Espinoza, era reunir alguna información que no contaba y evidenciarme su desconcierto porque las cosas se le escapaban de las manos a los miembros del partido, mientras Ollanta y Nadine iban llenado puestos si tomar en cuenta a los que le habían ayudado a llegar al poder.
Pero ese domingo sonó el celular y al otro lado de la línea Blanca Rosales me dijo que el presidente quería hablar conmigo. Le dije que me lo pasara y oí su voz como en los viejos tiempos haciéndome una invitación para visitarlo a las 11 de la mañana, y luego de pensar un momento me dijo que trajera conmigo a un compañero español que había sido también su asesor de cabecera en los momentos más difíciles del largo recorrido hacia las elecciones pero que quedó fuera, al igual que yo, cuando la campaña requirió otros consejos.
Estuvimos puntualmente en el local del PNUD, donde le habían instalado algunas oficinas que se estructuraban de acuerdo a la extraña arquitectura de lo que era antes algunos de los ambientes del Puericultorio Pérez Aránibar y que seguramente fueron concebidos para la actividad de niños pequeños que estaban bajo la protección del Estado. A nosotros nos pusieron en una especie de sala de espera, que parecía un pequeño hibernadero, donde había unas sillas y esperamos efectivamente hasta las cuatro de la tarde. Pero a pesar del infinito aburrimiento que puede causar una situación así, sumado al hambre y al frío de la brisa del mar, permanecimos estoicos. Después de todo ya no era una cita con un viejo amigo sino con el presidente.
Al empezar la entrevista nos dimos cuenta que Humala nos había juntado como un gesto hacia los que dedicamos una gran cantidad de horas y de ideas a responder sus preguntas e inquietudes de otros tiempos, pero que no tenía nada que proponernos. En realidad no deseaba llevar la conversa hacia los puntos que estaban pendientes con la cooperación española que le había dado la mano a su propio costo, porque estaba yo y ese tema no era conmigo; y tampoco aclarar por qué fui desplazado desde enero del 2011, como si mi contribución que antes era solicitada con frecuencia, se hubiera tornado prescindible cuando había que disputar directamente el voto,  porque ahí estaba el otro compañero y esos temas no eran con él.
En fin, los dos invitados nos dimos cuenta que era una pequeña trampa para hacer protocolar el encuentro que tenía más de nostalgia que de otra cosa. En el ambiente flotaba una sensación de que no estábamos en el plano de relación de otros tiempos  Ya sabía que después de su elección, Ollanta no soportaba críticas, especialmente de los que venían con él desde la carrera iniciada el 2005. Más de uno me contó de su nueva frase: ¿me estás presionando?, con la que encaraba se manejaba para asegurarse que nadie creyera que pudiera influir en la designación de los cargos públicos que ahora tenía en sus manos. La idea que subyacía debajo de esto era una convicción íntima de la victoria era un giro propio y no de un colectivo.
Con nosotros no hubo necesidad de hablar sobre presiones y valoraciones sobre lo sucedido. Fue algo peor. Habíamos almorzado repartiéndonos lo que quedaba de comida, que ciertamente no alcazaba para tres platos, y de pronto Ollanta volteó a mirarme y me preguntó, ¿y tú que vas a hacer ahora? Habían acabado las generalidades y le respondí: ¿te refieres a mi relación con el gobierno?; asintió con la cabeza y precisó, ¿vas a estar fuera o adentro? Yo me había preparado para algo como eso, y contesté con otra pregunta: ¿has pensado algo para mí?, añadiendo de inmediato: si me propones algún espacio de poder, para participar en la dirección del gobierno, estoy dispuesto, pero no estoy buscando un puesto de trabajo.
Calló un momento y me lanzó una frase que resumía como habían cambiado las cosas entre nosotros: ¿tú crees que soy huevón? Me desconcerté por un instante, pero volví a hablar: no sé por qué dices eso, cuando lo que te estoy dejando claro es que no estoy detrás de convertirme en funcionario público, prefiero mil veces ser periodista, pero si de lo que se trata es de ser parte de un proyecto de gobierno, participar en decisiones, sí lo haría, porque sería una tarea política. Yo no quiero aprovecharme de ti, sino todo lo contrario. Ah, ya te entendí, me dijo. Y yo sentí que lo que había entendido era que no reclamaría como otros cuando me dejaran totalmente fuera. Así exactamente fue.
La pregunta con lisura que me clavó Ollanta me ha vuelto a la mente en estos días de ministros nada huevones que se duplican el sueldo levantando su brazo en señal de conformidad en una sesión de gabinete y luego cachetean al país con la noticia. Imaginé el momento de la propuesta, en el que el presidente les hizo la pregunta crucial de si aceptaban o no su invitación y en el que ministro debería poner sus condiciones, y concluí que ninguno de ellos y ellas preguntó nunca sobre el poder real que les sería entregado. En el caso de Castilla y su gente, porque sabían que la fuente de su poder real estaba fuera del alcance del presidente y se apoyaba en la propia organización del Estado y en sus vínculos con el sector privado y los organismos financiaron internacionales. Y el resto seguro que anticipó que serían atajados por una brutal pregunta: ¿Te estoy dando un puesto en el gobierno, con buen sueldo y todavía pide más?  Meritocracia, le llaman. 
Publicado en Hildebrandt en sus trece

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