sábado, 5 de abril de 2014

AL GARCÍA, EL DON


Lo más parecido a la vida de Alan García es una de esas películas de mafia, en la que vemos a Robert de Niro haciendo de un Al Capone excesivo y panzón, que tiene comprado al jurado que va a decir si es culpable e inocente, y se ríe desafiantemente de las pruebas contundentes de sus acusadores. Finalmente Capone pierde, pero el símil peruano aún sigue sobreviviendo a todos los procesos.
Nadie discute que los cargos que la Megacomisión imputa al expresidente García son abrumadores. No sólo abusó descaradamente del derecho de gracia que se le asigna a los presidentes para alterar las sentencias de algo así como el 30% de los procesos penales desarrollados durante su período de gobierno, principalmente en temas de narcotráfico, construyendo un sistema de justicia (o de anti-justicia), paralelo al existente; sino que manipuló instituciones como el Ministerio Público, el Poder Judicial, la Policía, la Marina de Guerra  y hasta el cuerpo diplomático, para manejar las pruebas que podían ser comprometedoras para su gobierno en los casos BTR y petroaudios.
No sólo dictó decretos de supuesta urgencia para realizar gastos en obras públicas, para mantener el crecimiento, en una etapa de crisis, con lo que direccionó las adjudicaciones entre el mismo grupo de empresas amigas y produjo arbitrarias modificaciones en las autorizaciones de gastos inflando los presupuestos; sino que incluyó un estadio en una lista de colegios a ser remozados, declaró concluidas obras que estaban sin terminar y otras que no se habían empezado, entregó a título gratuito un aeródromo donde se formaban los pilotos de aviación civil para que se haga un negocio de venta de viviendas, y mostró tremendos desequilibrios patrimoniales entre ingresos y egresos, es decir salió de la segunda presidencia mucho más rico que lo que era en el 2006, siguiendo el precepto que lo ilumina de que la plata llega sola con el poder..
Por todo eso García tenía que responder ante el Pleno, haciendo uso sin límite de su derecho de defensa, considerando que el Congreso estado obligado a hacerle un antejuicio si consideraba que hay motivo para acusarlo ante la Justicia. Eso hubo en 1991, en las Cámaras de Diputados y Senadores también por enriquecimiento ilícito y otros temas, en los que fue hallado culpable y no terminó ante los jueces porque vino el golpe de abril del 92 que le permitió salir al extranjero y empezar a construir la leyenda del perseguido político que se daba la gran vida entre Bogotá y París, con dinero que nunca explicó de donde salió. Según todas las evidencias García se llenó los bolsillos y se convirtió en nuevo rico en los años en que casi todos los peruanos nos convertimos en nuevos pobres o muy pobres, bajo los efectos de la hiperinflación y la recesión económica. Dos décadas después, Al García se hizo más que millonario luego de su segundo paso por el poder. Y cuando debía ser llevado ante el Congreso para que responda por sus acciones, el tipo se río a barriga batiente porque ya tenía asegurado un juez que lo iba a salvar.
ALGO DE HISTORIA
Al final del gobierno de Fujimori, había aún una cuenta aún pendiente sobre la cabeza del expresidente García, que debía responder por los delitos de enriquecimiento ilícito y soborno, que ya se habían judicializado existiendo pruebas irrefutables de que los bienes y dinero que tenía al finalizar su primer gobierno no correspondían para nada a los ingresos que percibió esos años, lo que indicaba que se habían obtenido presumiblemente por procedimiento ilícito, y un informe fiscal contundente sobre las coimas que se entregaron por el proyecto del tren eléctrico de Lima. Otros casos como el depósito de las reservas nacionales en un banco mafioso y la venta a traficantes de armas de los Mirage que se habían encargado a Francia, quedaron en el tintero en los años de la dictadura. Pero con lo que se tenía, más el hecho de que García había sido declarado reo contumaz por no presentarse a la Justicia, era suficiente para que con el regreso a la democracia se castigara a quién la oscureció y degradó en la segunda mitad de los 80, sembrando los gérmenes de la autocracia posterior.
La clase política, sin embargo, ya no quería sancionar a García y armó un tinglado para otorgarle la prescripción. Se eliminó la contumacia y se reajustaron los cargos, para que el tiempo hiciera su efecto y el expresidente pidiera volver nada menos que para postular otra vez a la presidencia. El propio Toledo le comunicó en París, el arreglo cuando le convenía tenerlo de rival para ganar las elecciones. Paniagua también se allanó. Después de todo, parte de los votos que lo hicieron presidente de transición vinieron del APRA. Tocado por la suerte, el ego colosal aterrizó en Lima sin causas pendientes, a pesar que los casos de El Frontón, Comando Rodrigo Franco y otros seguían pesando sobre la cabeza de sus colaboradores, y Agustín Mantilla iba preso por recibir dinero de Montesinos en nombre del Partido, que por supuesto lo expulsó inmediatamente.
EL PRESENTE
Con esos antecedentes, no debería sorprender tanto que García creyese que el grupo de trabajo de Sergio Tejada no podría inquietarlo. Para esto hicieron gran bulla en las semanas de cambio de gobierno en el 2011, para que no fuese Javier Diez Canseco, el expresidente de la comisión sobre delitos económicos de Fujimori, el que presidiese las nuevas investigaciones. Recuerdo que cuando Javier tuvo claro que Humala lo pondría de lado para no adelantar una pelea con el APRA, me dijo que iba a postular a Tejada que a pesar de su inexperiencia le parecía honesto y que podría sobreponerse a las presiones que serían brutales. El tiempo le dio la razón, y Sergio va camino de ser el único activo de valor de un gobierno que dio la espalda a la mayor parte de sus promesas.
Hasta la famosa citación del 8 de marzo para que García concurriera a la Megacomisión el 3 de abril, donde diría que Dios le había dictado los narcoindultos y narcoconmutaciones, y que ponía la mano al fuego por Miguel Facundo Chinguel, el ego colosal creía que la investigación era un paseo. Pronto  sus abogados lo convencerían que estaba pisando terreno minado y que su mayor peligro eran sus propias declaraciones. Por eso la puntería quedó puesta en declarar inválidas sus citaciones y lo que García dijo en cada una de ellas.
Increíblemente pidió ser nuevamente citado y volvió a reclamar que se anulara lo dicho en la nueva citación, y de paso todo lo investigado que incluía otras declaraciones, documentos y demás materiales incriminatorios. Y cuando todos pensaban que García iba a tener que explicar  en público el cúmulo de evidencias en su contra, de pronto supimos que el expresidente aún tenía como Capone, una carta de la que no estábamos enterados. El juez Velásquez Zavaleta ya había recibido en enero el pedido de nulidad de todos lo actuado después que la comisión atendiera su nulidad anterior. Y ahora el golpe maestro era anular después de concluidos los informes y disuelto el grupo de trabajo. Una operación mafiosa que ha herido profundamente la moral del país. Y mientras el grandote ríe, el país empieza a entender que sin acabar con el poder de García no hay democracia y Justicia que valgan en este pobre país.
Publicado en Hildebrandt en sus Trece

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