viernes, 13 de junio de 2014

LA DESVERGÜENZA DE HUMALA

¿Qué cosas saben ambos?
Por: César Hildebrandt
El aspecto políticamente fantasmagórico del presidente Ollanta Húmala en la entrevista concedida a la TV esta semana nos confirmó que asistimos a un complejo proceso de autodestrucción de aquel personaje que tantas esperanzas despertara.
Húmala cree que la indefinición es la esencia de la política y que el arte de gobernar consiste en no pronunciarse o parapetarse en una opacidad que tiene mucho de huida. Es el líder de una legión de derrotados, el caudillo de nada, el holograma de sí mismo.
Está muerto y no lo sabe. Es Manuel Prado y no se ha dado cuenta. Es Fernando Belaunde y no se lo han dicho. Le falta obra física para ser Odría. Carece de lengua para ser García.
Construye como alarife el cuarto piso de ese edificio fujimorista que la CONFIEP venera, pero finge ser un arquitecto innovador. Tiene una triste figura sin ser Quijote y parece cabalgar sobre un pollino sin tener las virtudes de entrecasa del buen Sancho.
Cuando le preguntan sobre la fragilidad de su liderazgo, habla de una revolución que está sólo en su cabeza. Y enumera la reforma del sector salud, la de la educación, la tributaria, la de las AFP o la de defensa y seguridad. ¿Cinismo marquetero o locura hamletiana?
¿Puede ignorar que los hospitales están desabastecidos, los médicos mal pagados, los maestros cada vez más infiltrados por el extremismo gracias a los maltratos recibidos? ¿Puede no saber que sus reformas tributarias abortaron el día que no se atrevió a exigirle a la minería el pago de los impuestos que le tocaba pagar? ¿Simula no conocer el odio generalizado que cunde en la población respecto a las AFP? ¿Y se atreve a hablar de cambios en materia de defensa y seguridad? ¿Ignora que Lima es territorio comanche, que la policía es una infección generalizada y que su transformación radical es imprescindible?
¿No le ha dicho alguien, piadoso, que el Perú es el paraíso de las mafias, los sicarios, los colombianos de encargos letales? ¿Nadie le dice al presidente que la extorsión a empresarios pequeños y medianos es una de las industrias más prósperas? Con sus baches sintácticos, su hablar desgreñado y sus delusiones, Húmala daba la impresión de ser un paciente hablando, complacido, de su separada y paralela realidad.
La pregunta sobre liderazgo suponía, además, que el presidente insinuara a qué norte se dirige, con qué país sueña, qué propósitos lo entusiasman. Húmala demostró que la línea del horizonte termina en su apéndice nasal y que no hay metas a las que quiera llegar.
Húmala parcha el asfalto. La carretera es la que le señalaron. Y no hay plan B. Húmala administra la escasa cuota de poder que le han dejado. Gerencia la repetición.
Cuando le recuerdan el ridículo memorable de aquella llamada hecha desde un penal donde ya habían instalado "bloqueadores de celulares", entonces Húmala pide no hablar de "lo minúsculo" y miente: dice que esos interceptores de señal "estaban en prueba". Todos habíamos asistido, por la TV, a la ceremonia de su instalación y al discursito aquel de que ahora empezaba una nueva etapa en la lucha contra la delincuencia. En algún momento de la entrevista Húmala parece darse cuenta del carácter delirante de sus declaraciones y admite textualmente: "Aquí lo que vemos es que todos los días en las mañanas es crimen, asalto, violación. Uno empieza mal la mañana". Le recuerdan entonces que lo que cuentan los noticieros no es invento sino registro (quizá un poco sesgado) de la realidad. Y él replica, próximo a los mecanismos de defensa de Nicolás Maduro: "Pero yo creo que en el Perú ocurren noticias positivas todos los días...".
Más adelante le mencionan la podredumbre policial como una de las causas centrales, de la inseguridad y su respuesta es involuntariamente cómica: "Tienes que confiar en la policía y tienes que confiar en que hay mecanismos internos para sancionar...".
¿A quién elegimos? ¿A un débil mental? ¿A un taimado que ha perfeccionado sus artes en el poder? Ni lo uno ni lo otro. Estamos probablemente frente a un hombre que se deshizo de todo ideal, que perdió la brújula, el programa, los amigos, parte de la familia, el 8o por ciento de sus adherentes. Su gobierno es un fracaso, hasta en el modesto nivel de administrador de lo heredado, y la apelación al mito ("la policía se transformará a sí misma") es parte de ese discurso agónico. Lo que el presidente quiere ahora es que se cumplan los 90 minutos de juego. Este Mundial no era para él. La camiseta también le llega a los tobillos. Si la debilidad fuese atractiva, Húmala sería un éxito colosal. Todo lo que dice parece anémico, borroneado, inconcluso.
Es un huérfano por mano propia: él mismo mató al partido que lo llevó al poder, él ahuyentó al sur serrano que lo hizo ganar, él eliminó el puñado de ideas que habría podido hacerlo un estadista (y sin necesidad de parecerse a Chávez). Húmala es rehén voluntario de todos aquellos que había censurado como candidato. Le dieron autoridad para cambiar el país y termino de primer secretario. La derecha, que perdió las elecciones, lo usa y lo desprecia a la vez. Húmala es el responsable del mayor descrédito que la democracia peruana haya padecido en los últimos años.
¿Qué puede decir un converso eviscerado en una entrevista para la televisión? Pues nada. Y nada es lo que Húmala dice. Bueno, casi nada. Porque el momento en que los bríos le vuelven y las definiciones asoman es cuando habla de César Álvarez, el hampón que creó en Ancash una versión comarcal del tardo- fujimorismo, y de Martín Belaunde, el fugitivo aliado de Álvarez y el hombre que le entregaba dinero de procedencia sucia al Partido Nacionalista y a la señora Nadine Heredia. De Álvarez llegó a decir: "Primero, está en un proceso de investigación, hay una acusación, toda­vía no lo condenes". Y sobre Martín Belaunde soltó estas frases: 'Yo pediría a los medios de comunicación que traten este tema con mayor prudencia".
Saltó la liebre! El presidente que elude todos los temas, que hace de la ambigüedad una virtud y del lugar común un estilo comunicacional, sí se muestra claro y definido para defender a Álvarez y a su carnal Belaunde. ¿Qué cosas saben ambos? ¿Qué misterios de futuras consecuencias penales están en algún USB? ¿De cuántas transacciones en bolívares nos habremos de enterar algún día? Húmala ha hablado. Su mensaje, apenas cifrado, parece darles a Álvarez y a Belaunde un aliento oficial: resistan, callen, que desde aquí trataremos de ayudarlos. El comandante ha deslindado. Carlos ha dicho lo suyo.

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