sábado, 22 de mayo de 2010

UNA COMPLICADA COYUNTURA POLÍTICA. RIESGOS Y OPORTUNIDADES

Alberto Moreno Rojas
¿Cuál es la contradicción principal, el factor determinante del proceso político peruano que influirá en la marcha del país en el próximo período?
Es de la mayor importancia dar respuesta a esta pregunta, pues de cómo se responda dependerá la definición de la táctica a seguir.
La falta de claridad al respecto origina confusión, una marcha errática sin objetivos definidos, o bien una actitud pasiva que nos coloca a la defensiva.
Estratégicamente, la derecha y el gobierno de García tienen en sus manos la iniciativa y son quienes imponen las reglas de juego. Pese al fracaso del neoliberalismo y la Tercera Vía, el Perú continúa agresivamente la ruta iniciada por Fujimori.
Desde luego el control que ejercen de los acontecimientos no es absoluto, pues simultáneamente se manifiestan importantes movimientos de masas que han obligado a los gobiernos de la derecha a retroceder o hacer concesiones en cuestiones puntuales. La lucha de los pueblos amazónicos es uno de ellos, pese a su final trágico en Bagua, o precisamente por la repercusión nacional e internacional que ello tuvo. Pero las victorias logradas han sido tácticas y parciales, no estratégicas ni de carácter decisivo. La hegemonía neoliberal sigue siendo determinante, que es lo que le permite a García actuar con la prepotencia que se le conoce.
Conocer más a la derecha
La crisis de los años ochentas, por ejemplo, tuvo su epicentro en la deuda externa y en la pavorosa inflación del primer gobierno alanista. A ello se sumó la violencia de esos años con la cuota de decenas de miles de compatriotas muertos y muchos otros desplazados de sus lugares de origen, además de la autodestrucción de IU y del reflujo de la lucha de masas. Situación que la derecha peruana, alentada y orientada desde Washington, supo aprovechar para “voltear la tortilla” a su favor, pasando a una ofensiva general - ideológica, mediática, política, psicológica - a lo largo de la campaña electoral de 1990, que preparó el terreno para la imposición, con Fujimori, del proyecto neoliberal. El autogolpe de 1992 y la aprobación de una nueva Carta Constitucional coronaron el plan largamente madurado.
La estrategia del gran capital y del imperio yanqui, que digitó y orientó este plan tuvo su epicentro en la política: contar con el gobierno que les permitiera llevarla a la práctica. Es lo que vienen haciendo desde entonces Fujimori, Toledo y García. La incapacidad para entender las condiciones concretas de la lucha de clases y la recomposición de fuerzas de entonces, facilitaron la derrota de la izquierda y del movimiento popular, cuyas consecuencias se mantienen hasta el presente.
La clave de la estrategia de la derecha y el imperialismo norteamericano, que les permitió llevar a cabo sus objetivos, fue la política, no la economía. La crisis económica y la violencia senderista sirvieron de detonantes para deslegitimizar al Estado, justificar la violencia estatal, descomponer los partidos políticos, desacreditar las organizaciones sindicales y populares, y, finalmente, preparar el autogolpe de 1992. El gobierno de Fujimori fue el instrumento que garantizó el logro de este objetivo, que los gobiernos sucesivos continúan. La impúdica alianza apro-fujimorista es su consecuencia natural.
Las elecciones generales de 2006, tanto en la primera como en la segunda vuelta, representó un duro golpe para la derecha. Contra sus cálculos, apareció en escena la candidatura de Ollanta Humala que amenazó su hegemonía. García, el candidato por quién votó la derecha “tapándose las narices”, vino a sacarles las castañas del fuego con la consigna falaz de “cambio responsable”.
También hoy, desde el lado popular, la solución es primeramente política
Pues bien, el problema central a resolver es hoy también político. No hay otra manera de desplazar la hegemonía neoliberal para abrir un nuevo rumbo para el Perú. García no es mejor que Fujimori, ni el que lo suceda dejará de defender con igual incondicionalidad los mismos intereses de clase. Las consignas ¡Cambio o continuismo! y ¡Gran unidad para el gran cambio! sintetizan los objetivos a alcanzar y determinan la estrategia a seguir en una situación que por el momento se presenta ventajosa para la derecha. Su viabilidad pasa por las elecciones regionales y municipales y, fundamentalmente, por las elecciones generales de 2011. Una victoria electoral de la oposición popular en las elecciones de abril, acompañada de un fuerte respaldo político, de masas y cultural, permitiría una derrota muy clara de la derecha precisamente en un momento de crisis de representatividad de los partidos políticos, de descomposición del gobierno aprista, de ausencia de liderazgos carismáticos, abriendo las puertas a un cambio de rumbo en el Perú.
No es poco lo que se encuentra en juego, ni son muchas las oportunidades favorables como ésta.
Los hechos mostrarán hasta qué punto hemos madurado dejando atrás la visión estrecha y sectaria que está en la base de las derrotas sufridas.
Tal como van las cosas con vistas a las elecciones regionales y municipales, una cosa es clara: sigue ausente la visión estratégica y el ensayo de unidad adolece de fallas que no será fácil superarlas.
La derecha apunta a una polarización que deje de lado a las fuerzas políticas y sociales que apuestan por el cambio de rumbo.
El ensayo en Lima teniendo como protagonistas a Lourdes Flores y Alex Kouri, apunta a sentar el ejemplo de lo que desearían en abril próximo. La teoría aprista del “buen vecino” es simplemente una falacia. Detrás de esa máscara se perfilan proyectos políticos, y es políticamente como se debe responder.
El objetivo de la derecha, independientemente de los medios que lo permitan, es concreto y preciso: continuidad del modelo y control del gobierno, más allá de pequeños ajustes o de la demagogia con que suele solazarse. Su estrategia responde a este objetivo: impedir una alternativa que le malogre el banquete, que sabe factible si cristaliza la gran unidad popular en torno de una plataforma común.
Las masas luchan pero no es suficiente
La lucha de las comunidades amazónicas que culminó con los hechos luctuosos de Bagua, o la reciente huelga y consulta popular encabezada por el Frente de Defensa Ambiental de Cocachacra, provincia de Islay, en defensa del agua y la seguridad ambiental amenazada con la explotación de la mina Tía María del pulpo minero Southern Perú Copper Corp., obligaron al gobierno a retroceder en sus planes, pero no definieron el curso del proceso político. El paro de 48 horas del pueblo loretano los días 13 y 14 de mayo, en defensa de la soberanía nacional, o el paro nacional del magisterio organizado por el SUTEP el 12 de este mes, sin duda hechos importantes, no han logrado perforar la coraza gubernamental y éste se niega a satisfacer las reivindicaciones planteadas. Su respuesta es más bien grosera y prepotente.
Mientras tanto no se detiene la aplicación del programa diseñado por García en “Perro del hortelano”. Continúa la concentración monopólica en la banca, la agricultura, el comercio, la industria, el transporte y otros servicios. La apertura al capital externo alcanza rangos de obsecuencia pocas veces visto.
El gas de Camisea no es ajeno a este destino: primero su exportación en condiciones lesivas al país, luego, si sobra, lo que queda para satisfacer el mercado nacional. Como se ve la derecha avanza sin tregua ni pausa, colocando donde puede nuevas estacas a su favor.
Lo que tenemos a la vista es un período de definiciones, dependiendo sus resultados de la correlación de fuerzas que se construya.
O bien permanece el neoliberalismo, sin más modificaciones que rostros en el sillón presidencial, el Consejo de Ministros o el Parlamento, o se abre paso un gobierno democrático, patriótico, descentralista, de regeneración moral, dispuesto a realizar cambios de fondo.
El problema es político y se resolverá desde la política. No hay otro camino.
En ese sentido, más allá de sus limitaciones y complejidades, la cuestión clave se traslada al próximo proceso electoral, con las elecciones regionales y municipales como anticipo.
Tomar en cuenta las lecciones de la historia
Hace mucho tiempo Sun Zu, estratega y teórico militar chino, llegó a una conclusión: si quieres vencer debes “atacar la estrategia del adversario” y “desbaratar sus alianzas”. Punto de vista válido también para la política. Pues bien, lo que García y la derecha manejan con soltura, pese a sus problemas que no son pocos, recurriendo a distintos métodos y procedimientos muchos de ellos sutiles o invisibles para el que no conoce sus artimañas, es la fragmentación de la izquierda, el nacionalismo y el movimiento popular. Para ello recurre al chantaje, al uso del miedo, a la prepotencia y la impunidad, a los compromisos sucios y la corrupción.
Hace lo que sabe hacer. Lo expresó García con el cinismo que lo caracteriza: “En el Perú el presidente tiene un poder… puede evitar que sea presidente quien él no quiera. Lo he demostrado”. El problema reside en la oposición: al no contar con una estrategia y plataforma confluyentes, lo que se abre paso es la dispersión en medio de aspiraciones aldeanas que impiden contar con un proyecto común.
De no revertir este estado de cosas las posibilidades, que existen, pueden esfumarse, llevando consigno nuevas derrotas y oportunidades perdidas.
Le corresponde a Ollanta Humala, líder del PNP, una responsabilidad especial en este escenario. No se trata solamente de satisfacer sus aspiraciones personales a la presidencia de la república, cuya legitimidad no se discute. La cuestión de fondo es su responsabilidad frente al país y frente al pueblo peruano. El respaldo que logró en las elecciones generales de 2006 tenía un mensaje claro: torcerle el cuello al neoliberalismo, desnacionalizador, autoritario y corrupto por esencia, para abrir camino a una democracia de verdad, con justicia social, soberanía, descentralización y moralización.
Desde entonces no se puede sostener que Ollanta Humala ha perdido la simpatía y la expectativa popular, pero ésta ya no es un cheque en blanco ni la ilusión conserva el mismo fervor. Sigue siendo el referente fundamental de la oposición nacionalista y popular, pero no necesariamente el único.
Su marcha confusa, a la defensiva, sectaria, sin una articulación organizada del PNP, le hace daño y puede, al final, resultar fatal.
Ninguna concesión a la derecha y la estrechez sectaria
A la derecha, vieja zorra de la política, de la demagogia y la mentira, no se la puede concesiones, meno enfrentar con éxito sin contar con una estrategia meditada y coherente. La improvisación, tan propia de la política criolla, puede permitir éxitos efímeros, pero nunca una victoria fundamental ni duradera. No es suficiente el voluntarismo y el carisma.
Está aún en manos de Ollanta convocar a la gran unidad que espera el pueblo peruano, con una plataforma concreta y precisa, y tomar la iniciativa.
Con ello lograría, de paso, impedir la apertura de espacios para otros aspirantes, poniendo en riesgo la unidad en torno de un proyecto común que ahora es indispensable alcanzar.
Lo expresado es importante, porque no será posible torcerle el cuello político a la derecha si no se la derrota políticamente.
Si la victoria se construye, no es precisamente lo que se está haciendo desde el lado popular, nacionalista y de izquierda.
Es momento de evaluar la situación con la mayor serenidad y objetividad posible, descubrir mejor los lados débiles del adversario y también los nuestros, encontrar las medidas y los métodos apropiados para superar la dispersión notoria de cara a las elecciones de octubre, de modo que hacia delante se construya una alternativa seria, coherente y unitaria.
Sin esto habremos perdido, una vez más, la oportunidad entregándole una ventaja estratégica a los impugnadores del cambio de rumbo que el Perú demanda.
No es mejor la situación en las organizaciones de masas
El movimiento popular, también disperso, no asegura un futuro promisor de continuar las cosas como están. No sólo disperso, también víctima de la estrechez de sus conducciones como de la ofensiva del gobierno empeñado en desaparecerlo.
La Coordinadora Político Social es una excelente iniciativa que hay que cuidar, que sufre sin embargo las consecuencias de errores y métodos inapropiados que amenazan su viabilidad. Un ejemplo de ello es la parálisis a que se ha condenado a la Asamblea Popular, más por deficiencias propias que por obra de sus adversarios. Entre tanto, en ausencia de la fuerza que da la organización, la unidad, la capacidad de lucha con las masas en movimiento, se vienen dictando un conjunto de normas legales con claro signo autoritario, represivo, antidemocrático, incluso fascistoide. La penalización de la protesta popular, la división sistemática de las organizaciones sindicales y populares, entre otras, son parte de esta estrategia de demolición, que el presidente García aplica con entusiasmo de converso.
Es indispensable llevar a cabo un balance lo más completo posible de las organizaciones populares para sacar en limpio lo positivo de la experiencia acumulada, discernir los errores y deficiencias sedimentados en el tiempo, y encontrar nuevas respuestas y nuevos métodos a las condiciones actuales de la lucha de clases en el Perú. Direcciones burocráticas, reduccionismo economicista, concesiones al pragmatismo, carencia de cuadros formados en la lucha y capacitados teóricamente, son síntomas claros de una crisis en ciernes.
Un movimiento de masas articulado nacionalmente, debidamente posicionado, con una plataforma común básica, con sentido estratégico de sus responsabilidades, hace rato que le habría puesto freno a la arrogancia y prepotencia del gobierno de García.
Pero nunca es tarde cuando se quiere avanzar y rectificar el camino.
Este es el tiempo y esta la oportunidad. Las dificultades, las amenazas, los obstáculos que nos imponen los adversarios del cambio revolucionario, pueden y serán superados.
Sólo necesitamos más unidad, más amplitud de horizonte, más confianza en las potencialidades aún dormidas del pueblo, más sentido de proyecto, iniciativa táctica y visión estratégica.
Si el eje de las tareas para abrir un nuevo curso para el Perú es la política, hagamos política, de la grande, mariateguista, con la determinación de vencer y conquistar un gobierno de verdad democrático, patriótico, descentralista, de regeneración moral. Esta posibilidad no está terminada; por el contrario, es una invitación a la acción.
Con esta convicción tenemos que trabajar en todos los terrenos donde la necesidad de combatir obligue. Organizar, propagandizar, luchar, concientizar, son tareas que se complementan y sirven a un propósito único: conquistar un nuevo gobierno, terminar con el neoliberalismo, sentar las bases para los grandes cambios que exige la construcción de una nueva república.

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