domingo, 2 de septiembre de 2012

PERÚ: ¿NEGACIONISMO O COLONIZACIÓN?



Por José Suarez Danós; suariquez@hotmail.com
Juan Jiménez Mayor es el controversial primer ministro del presidente Ollanta Humala, que haría del Perú el primer país del continente en penar el pensamiento y opinión libres.
El ministro ha propuesto una infeliz “Ley de Negacionismo” que sancione penalmente a todo ciudadano peruano que niegue que las agrupaciones “Sendero Luminoso” (“SL”) y “Movimiento Revolucionario Tupac Amaru” (“MRTA”) llevaron a cabo actos de terrorismo (1).
Tuvo además el desliz de incluir en su propuesta el término “subversión” cual sinónimo de “terrorismo”, hecho que sin ser negativo en sí, obligaría sin embargo que el alcance de “la ley” englobe a extranjeros –como veremos adelante-.
La controversia además ya comenzó cuando obvió proponer para la misma “ley” los actos de terrorismo llevados a cabo por gobiernos del Perú desde 1980, estableciendo con ello la dicotomía “terrorismo malo” y “terrorismo bueno”.
Todas esas ligerezas hacen presumir que en realidad lo que en el fondo pretende “la ley” es estigmatizar a todas las corrientes políticas progresistas sometiéndolas al escrutinio de una “santa inquisición” del terrorismo.
El dislate que Jiménez pretende “legislar” obliga a conocer que el negacionismo es una corriente filosófica, como tantas existentes dentro del ámbito del libre pensamiento.
En su definición más elemental “es la distorsión ilegítima del registro histórico, de tal manera que ciertos eventos aparezcan de forma más favorable o desfavorable”.
Deborah Lipstadt dice del negacionismo que “no es necesario perder el tiempo o el esfuerzo en responder a las alegaciones de los negacionistas; sería un nunca acabar de responder a los argumentos planteados por los que libremente falsifican los resultados”.
Pero en el país existen innumerables ejemplos de negacionismo desarrollados no sólo por personas o grupos de ciudadanos, sino principalmente por gobiernos de la nación.
Y en ellos los casos específicos de “la subversión” y “el terrorismo” a partir de 1980, merecen una mención especial.
Un peruano cualquiera tendría que estar fuera de juicio para negar los actos de terror desarrollados en el Perú por “SL”, el “MRTA” y el Estado también.
Pero más aún lo debe estar, si es que considera como inconexas su gran logística y su acción de terror a nivel nacional, con la nada oculta subversión foránea que apoya éstas.
Prueba de ello sería lo afirmado por el investigador ruso Daniel Estulin que en el atentado terrorista de Tarata (Miraflores, Lima, Perú, 1992), la DEA proporcionó una bomba de uranio empobrecido que permitió que la explosión fuere de esa  magnitud (2).
El negacionismo en el Perú sobre subversión y terrorismo es en gran parte obra de los tratadistas llamados “senderólogos” y de los medios de comunicación social.
Estos centraron esfuerzos sólo en describir con morbo “el terrorismo”, desdeñando ahondar en “la subversión” que fomentaba esos actos.
Uno de los pocos en profundizar este aspecto fue el sociólogo peruano Washington Huaracha Apaza (Andreo Matías), con su estudio “CIA, Sendero Luminoso, Guerra Política”, publicado en 1986 en Lima (3).
Y comprender la subversión y el terrorismo en el Perú implica remontarse a la “etapa macartista” de la política de los EE.UU. encaminada a perseguir todo aquello que estuviese relacionado con  el comunismo y socialismo, o con la ex URSS y China.
Uno de los métodos utilizados por los EE.UU. para tal fin fue la agresión subversiva con movimientos de “falsa bandera” denominados “comunistas” –“leninistas” o “maoístas”- para desarrollar guerras políticas sanguinarias que crearan el repudio ciudadano en el mundo contra la doctrina marxista.
Inteligencia peruana encargada de seguir de cerca las acciones de la CIA alertaba ya en 1977 sobre una “guerra de baja intensidad” que ésta alistaba contra el país por su identificación con el socialismo del ex presidente Juan Velasco Alvarado (1968-1975).
 “SL” y el “MRTA” sólo habrían sido el logro a tales esfuerzos, así se insista en entrever sus supuestos orígenes “nacionales”.
 “Sendero Luminoso v.1.0” (1980-1994) fue la copia fiel en el Perú de la organización subversiva “Khmer Rouge” que diseñó EE.UU. para Camboya, la cual dirigida por Pol Pot llevó a cabo en 1975 un genocidio en ese país con banderas de “comunismo”.
Pero “Sendero Luminoso v.2.0” (2006-2012) no sería sino el fruto de la connivencia de los gobiernos neoliberales de Alejandro Toledo y Alan García con el gobierno de los EE.UU. de George Bush.
En junio 2006 en circunstancias de un orden interno estable y un país sin alteraciones, extrañamente el diario peruano “Expreso” cambió ese status al “informar” sobre una presunta “reaparición senderista” –la fuente anónima se conjetura fue USAID-.
La falta de respuesta ante tal “anuncio” de parte del presidente Toledo y su primer ministro Kuczinsky a un mes de dejar el gobierno, evidenciaría el complot de éstos.
Más lo evidenciaría la decisión de Alan García en agosto 2006 que sin razón estratégica alguna y sin informar a la ciudadanía, militarizó la región del VRAE y autorizó la presencia de USAID, DEA y el Comando Sur de los EE.UU. en esos valles cocaleros.
 “Sendero Luminoso v.2.0” reapareció ahora con una renovada faz “maoísta-narcotraficante” y con tácticas homicidas “mexicanizadas” al modo de los carteles de drogas, también achacadas al terrorismo que se quiere penalizar.
Se reiniciaba de este modo la injerencia de Washington con el viejo “juego de roles” en el que la “ayuda extranjera de EE.UU.” asume “el rol narcotraficante y contra-narcotraficante” –que da réditos- mientras que “el rol de víctima” encargada de poner  la sangre lo ejecuta “el país ayudado” –la de los soldados peruanos- .
Por todo ello en nuestro parecer, el absurdo de una ley de negacionismo sólo intentaría colonizar la memoria histórica de los peruanos subestimando su inteligencia.
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sábado, 1 de septiembre de 2012

Negacionismo y Desatino


(Escribe: Gustavo Gorriti)
Una vez que tomaron el gobierno no tardaron en destrozar la democracia mediante la más organizada y sistemática brutalidad. Años después, luego de decenas de millones de muertos, sobre los escombros del nazismo derrotado en la más grande guerra de la Historia, el consenso entre los aliados occidentales abocados a la tarea de construir una nueva Alemania fue hacer imposible que en el futuro se pudiera utilizar la democracia contra sí misma.
Toda democracia tiene el deber de defenderse. Especialmente de quienes intentan utilizar sus derechos y libertades para destruirla. La devastación histórica del fascismo y el nazismo, que marcó el siglo XX, trajo, entre otras amargas lecciones, la conciencia de la necesidad imperativa de defenderse a tiempo de los enemigos de la libertad.
Mussolini y Hitler llegaron al poder mediante mecanismos electorales mezclados con violencia callejera y sin guardar secreto respecto del profundo desprecio que sentían hacia la democracia y sus mecanismos de delegación del poder.
Así, los partidos y los grupos opuestos a la democracia o enemigos de ella, fueron marginados del sistema. El ejercicio de la democracia, incluyendo la competencia por el poder mediante el voto, quedó reservado a las mayorías leales a ella.
Pero todo esto se realizó bajo la premisa de que la respuesta razonable a cualquier circunstancia de peligro es asegurar que la severidad de las medidas de defensa corresponda a la severidad de la amenaza. Un peligro grave requiere una respuesta fuerte; y una amenaza leve demanda una respuesta proporcional.
Este largo exordio es para discutir la iniciativa legal del Ejecutivo que intenta penalizar con cárcel el supuesto delito de “negacionismo”, definido por el primer ministro Juan Jiménez como el castigo penal a “aquellas personas que nieguen los delitos de terrorismo cometidos por organizaciones subversivas como Sendero Luminoso y el MRTA (…) Quienes nieguen que en el Perú hubo una masacre por parte de estas organizaciones criminales, serán sancionados porque incurrirán en el delito del negacionismo”.
La ministra de Justicia Eda Rivas dijo a su turno que el proyecto antinegacionista del gobierno, “…busca penalizar a aquellas personas que públicamente y por medios idóneos, en este caso públicos, aprueben, justifiquen, nieguen o minimicen los delitos de terrorismo”.
El proyecto de ley del gobierno ha recibido críticas de todos lados: desde la derecha, la izquierda, el centro y hasta dentro de sí mismo. La vicepresidenta Marisol Espinoza, por ejemplo, advirtió en RPP sobre los peligros de ese proyecto de ley.
Hasta Aldo Mariátegui, en un editorial el lunes 27, escribió que “la iniciativa me parece una reverenda bobada”.
En su artículo semanal en La República, Rocío Silva Santisteban, hace notar –igual que otros– que el proyecto de ley es uno que, antes que nombre propio tiene siglas propias (léase Movadef), pero que no considera los crímenes cometidos por grupos estatales o paraestatales.
Al margen de esas fallas, Silva Santisteban considera que con ese proyecto, “el peligro que se abre es catastrófico: se podría usar esta ley más adelante, ampliándola, para penalizar el pensamiento o el debate cuando el Estado peruano reconoce que no hay delitos de opinión”.
Carlos Tapia es de parecida opinión. Tapia dijo, en La Primera, el día lunes, que hay una “Delgada línea que separaría la apología a favor de la subversión terrorista, de la libertad de investigación y aclaración de lo sucedido durante esos aciagos años”.
En un artículo –“Caza de brujas”– publicado el domingo en La República, Augusto Álvarez refuta con elocuencia la presunta utilidad de la ley “antinegacionista”: “¿Quién va a definir, por ejemplo, qué es “lenguaje de odio que afecta a la democracia”? ¿Habrá una sola interpretación de lo ocurrido en las dos décadas de violencia? ¿Quién determinará las razones del surgimiento de Sendero? ¿Qué se podrá decir sobre el papel de las Fuerzas Armadas? ¿Qué se deberá callar sobre el grupo Colina? ¿Habrá que cambiar la interpretación según el gobierno de turno? (…) ¿Podrá alguien opinar, con su criterio personal, que una dictadura o una monarquía producen mejor resultado que una democracia?”.

Finalmente, en su columna semanal en Diario16, Ernesto de la Jara precisa su oposición al proyecto, no solo porque “viola la libertad de expresión y puede ser fuente de abusos”, sino por los peligros de hacer una ‘comisión especial’ que puede usurpar funciones judiciales, sino porque en el futuro podría terminar reexaminando la memoria colectiva “desde una perspectiva fujimorista”.
Creo que ni el adivino más despistado le auguraría longevidad al proyecto de Jiménez y Rivas.
Aunque se apoye en referencias históricas a medidas no solo defendibles en su circunstancia sino plenamente justificadas, en este caso el proyecto está mal planteado, pobremente pensado y termina siendo peligroso.
Es correcto argumentar, como lo hace Eda Rivas, que la “propia libertad de expresión tiene los límites expresados…”. Tiene, en efecto, ciertos límites, y está bien que sea así.
Nadie tiene, por ejemplo, el derecho de gritar “¡fuego!” o “¡terremoto!” en un lugar cerrado sin que exista el peligro. Nadie tiene, tampoco, el derecho a incitar al odio y menos a la violencia, especialmente si estos tienen como objetivo de su hostilidad la raza, la religión, el pensamiento o el tipo de actividades eróticas o copulatorias entre adultos.
La radio Hutu en Ruanda, instando el genocidio de los tutsi, por ejemplo, usó en forma monstruosamente criminal el derecho a la libertad de expresión y si hubiera sido prontamente reprimida en lugar de alentada, se hubiera prevenido una de las mayores tragedias contemporáneas en África y el mundo.
Pero, como se ve, todos los casos mencionados como ejemplo, son extremos y gravemente criminales.
Así como la democracia aprendió que tiene el deber de defenderse y que eso puede suponer limitar en algunos casos la libertad de expresión; la lección complementaria es que esas medidas de defensa deben ser, por su propia naturaleza, pocas, muy limitadas y solo puestas en práctica cuando resulte indispensable.
En la inmensa, la abrumadora mayoría de casos, el debate, la discusión libre, fortalecen y no debilitan el sistema democrático.
Los hechos de la insurrección senderista y la guerra interna que vivió el país no han sufrido por el debate sino por el olvido, por la falta de esclarecimiento, de precisión en el detalle de los hechos y procesos, en el examen de estrategias, de actos de guerra y medidas de supervivencia, de crueldad o de empatía, en las miles de historias de pueblos, villorrios y comarcas donde transcurrieron los años de tragedia.
El ministro del Interior, Wilfredo Pedraza, que en la CVR estuvo a cargo de las investigaciones especiales, sabe que, por razones diversas y condenables, el trabajo de la CVR fue sometido desde el comienzo a un sostenido ataque, que buscó desprestigiarla y descalificarla, mucho antes de conocer su informe.
Todos esos intentos de descalificación a priori, con la participación de individuos como Rafael Rey, no tuvieron otro objetivo que perpetuar la amnesia, impedir el recuerdo, para poder impostar eventualmente las etiquetas dogmáticas de una seudo historia sobre la realidad de lo ocurrido.
¿Qué le pasó a Pedraza que no le dijo a sus colegas de gabinete que el trabajo de la CVR apenas había empezado el proceso de conocimiento, aclaración, crónica, historiografía e interpretación de la guerra interna? ¿No pudo él, o el propio Presidente, a partir de su experiencia, hacerles saber que lo último que necesitamos, y lo último que aceptaremos, es que una instancia oficial nos quiera imponer verdades oficiales, dogmas burocráticos, que cierren el debate, la investigación y su interpretación de lo que pasó en nuestro país?
El gobierno debe evitarse una vergüenza, un bochorno mayor y retirar, calladito y en puntas de pie, el superlativamente desatinado proyecto. Y luego de eso, la ministra de Salud debiera repartir megadosis de complejo B entre sus colegas. Hay varios que lo necesitan con premura.

PROYECTO ES UNA AMENAZA A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.


 El premier Juan Jiménez Mayor se quejó de que ‘opinólogos’ y hasta la vicepresidenta criticaran su proyecto para penalizar el negacionismo de los delitos de terrorismo sin conocer el texto, pero una vez conocido este se ha confirmado que era justificada la sospecha de que su iniciativa puede ser bien intencionada pero es absolutamente desencaminada por el riesgo que implica para la libertad de opinión.
El proyecto propone cárcel de cuatro a ocho años al que públicamente apruebe, justifique, niegue o minimice los delitos cometidos por miembros de organizaciones terroristas, y establecidos en una sentencia judicial firme, cuando el contenido de sus expresiones menosprecie, hostilice u ofenda gravemente a un colectivo social; enaltezca al responsable del delito; propicie la violencia terrorista; y sirva como medio para adoctrinar con fines terroristas.
En adición a la amplia pluralidad de opiniones en contra de esta iniciativa debido, precisamente, al riesgo que significa para la libertad de expresión, pensamiento y opinión, ayer se difundió un comunicado del Ipys que expresa su desacuerdo con el proyecto de negacionismo.
Por si acaso, informo al lector que este columnista integra el consejo directivo de Ipys y está, por tanto, de acuerdo con el comunicado.
Este alerta de que el proyecto amenaza a la libertad de opinión y el derecho de análisis y crítica de un fallo judicial, pues el periodista que critique una sentencia por terrorismo podría terminar tras las rejas.
Bastará que un procurador, grupo de víctimas,  o un cuerpo militar, consideren a estas críticas como ofensa a un colectivo social, para activar la imputación por el delito de negacionismo que se propone.
Asimismo, el periodista que propale una entrevista a un miembro de una organización terrorista en las que este defienda o niegue sus delitos, sería denunciado como cómplice del delito de negacionismo, bajo la imputación de haber prestado dolosamente el medio para la difusión pública de tales expresiones.
La libertad de expresión alcanza, aunque pueda molestarnos a la mayoría, las opiniones que colisionan, incluso, con el estado de derecho.
No hay duda de que el gobierno del presidente Ollanta Humala está respetando la libertad de expresión, pero, de vez en cuando, reacciona con iniciativas contra esta ante algún problema aunque luego, ante la crítica, ha retrocedido.
Es lo que ahora debe hacer el gobierno antes de que el Congreso le rechace su bien intencionado pero muy mal encaminado proyecto.
Me disculparán sus autores, pero este proyecto de ley es un mamarracho propio de una autocracia.

LO NEGATIVO DEL NEGACIONISMO
 El primer efecto de la propuestas ley sobre negacionismo será –si es que llega a ser aprobado- el de dar por zanjado el debate sobre la interpretación de los años de la violencia, cuando a todas luces el Perú continúa profundamente dividido en este punto. Querría decir que el “terrorismo”, ha sido definido de una sola manera, a pesar de que sobre la mesa estén aún conceptos como guerra y conflicto armado interno, que unos suscriben y otros niegan rotundamente; guerra política; terror gratuito; violencia demencial; etc. ¿Con cuál nos quedamos?, ¿cuáles de estas “minimizan” lo que sucedió, de acuerdo al tenor del proyecto de Jiménez Mayor, y cuál es la que tenemos que emplear para no salirnos de los marcos de la nueva legalidad?
 ¿Se imagina alguien a Rafael Rey de ministro de interior o de defensa (ya lo fue) y a la Chichi de secretaria de prensa de Palacio, teniendo entre sus opciones la ley del negacionismo?, ¿cómo será una discusión con el propio Jiménez sobre las ejecuciones extrajudiciales durante la operación Chavín de Huántar que el actual ministro se ha empeñado en escamotear?, ¿quién es el negacionista aquí: el que dice que hubo graves delitos contra los derechos humanos durante la represión (como los hay frente a los conflictos sociales), pero por decir eso “minimiza” la crueldad de los secuestradores frente al heroísmo de los rescatadores; o los que construyen una verdad oficial al servicio de los intereses del poder pero distante de lo que realmente sucedió?
 Pero hay más sobre negacionismo. Y está en la pregunta sobre donde está el riesgo de nueva violencia en el Perú.  Tal como parece entenderlo el gobierno y el jurisconsulto que hace las veces de primer ministro, el riesgo está en que los que salen de prisión después de largas y duras condenas se decidan a hacer política legal, o en que se reinserten en diversas opciones de trabajo desde donde pueden ser peligrosos, o finalmente que sigan pensando en que de alguna manera se “justifica” la rebelión de la que formaron parte. La idea de todas estas negaciones ha sido siempre la de mantener expulsados del sistema precisamente a quiénes lo atacaron desde fuera y de llenar de vituperios a los que aparentemente se muestran “blandos” en sobre-penalizar un tipo de delitos, como no se hace con otros, especialmente a los que ocurrieron en el mismo proceso bajo el amparo del Estado y que se presentan como distintos por el lado desde el cual se cometieron y no por la crueldad y absurdo que se invoca para la subversión armada.
 Hace años que se inventan medidas para retirar beneficios carcelarios y dificultar la salida de prisioneros con carcelería cumplida, impedir inscripciones electorales de movimientos vinculados a las organizaciones terroristas, prohibir contrataciones de sentenciados y despedir a los que hacen declaraciones conciliadoras con la violencia, perseguir publicaciones, etc. Y lo más curioso es que casi todas se arman al paso para cubrir las vergüenzas por no haber previsto lo que podían hacer los que de todas maneras iban a salir de la prisión. Así llegamos al negacionismo, que seguramente nos dejará tranquilos porque nadie podrá hablar diferente sobre el pasado de la violencia.
 Pero sobre el futuro, que tan bien se ha graficado en la masiva huelga de los maestros, y en las nuevas desigualdades y frustraciones alimentadas en estos años, ¿quién está pensando y elaborando las verdaderas respuestas?   

¿OPORTUNISTA INESCRUPULOSO O AGENTE INFILTRADO?

FERNANDO MIGUEL ROSPIGLIOSI CAPURRO Publicado por: Jesús Ospina Disculpe amable lector, continuaré el tema de democracia liberal y marxi...